EL MONSTRUO DE LAS PROFUNDIDADES (Parte 3/5)

 

¿Qué es peor que no estar muerto?

—Que seas nuestro enemigo.

—No me gustaría tener que luchar contra ti. —Protesté. —Kas, el de la mano ensangrentada fue un señor de la guerra, consejero y asesino cuyos éxitos le otorgaron la gracia de Vecna y una recompensa. Una espada con un linaje tan negro como el hombre que la empuñaría. Durante mucho tiempo, Kas sirvió al liche pero su poder y su arrogancia empezaron a crecer a la par. La espada quería gobernar junto a Kas el imperio de Vecna y lo empujó a suplantarle. La leyenda dice que la destrucción del liche vino de la mano de Kas, pero Vecna también acabó con el lugarteniente traidor. Solamente quedó su espada. Está viva.

¡ESTÁ VIVA! —esta vez sus gestos eran más enérgicos. Estaba demostrando bastante entusiasmo.

—Es una espada que cuanta más sangre derrama más fuerte se hace. Chicos esa espada tiene personalidad. Si le hablas te responde.

A ver, a ver. ¿Hola? ¿cómo te llamas? ¿estás despierto?

Golpeó el cristal y aunque no la empuñaba notó una vibración emitida por la propia aura oscura.

O esto está vivo o hay algo debajo.

—Está vivo, está vivo. —Confirmé sin lugar a dudas.

—A ver…es un objeto que tenemos que llevarnos. PERO…pero…no voy a dejar que ninguno de vosotros empuñe esta arma y yo no pienso cogerla. Así que…—de la bolsa sacó una manta y lio a la espada amarrándola con fuerza para que no se soltara. Notaba un calor extraño incluso estando cubierta tras unos segundos sosteniéndola a ver si ocurría algo.

—Monje…

—Su puta madre. —Soltó la espada.

¿Estás bien?

—Te ha hablado, ¿verdad? —pregunté.

—Vale. Que la he tapado y aun así me ha hablado esta cosa.

A ver…

Empecé a tocar la espada. Preguntaba si era un monje.

—Solo hay cadáveres. Solo hay un monje.

—¿Puede tocarla más de uno?

—No, capi. Es peligrosa. Con uno que se la juegue ya hay bastante.

—Entonces saca la mano de ahí. Ya lo hago yo.

Yo también quiero.

—¡NO! ¡Quita las manos! —protestaba.

—¡Quita bicho! —Kovu nos golpeaba las manos a los dos.

Empezamos a discutir por quién tocaría la espada. Cada uno de nosotros tenía al parecer un interés distinto.

—¡ALTO! Soy el jefe.

La espada empezó a vibrar y notamos que se quejaba muy enfadada y con voz de ultratumba. Nos faltó al respeto de muy malas maneras.

—A VER HIJOS DE LA GRAN PUTA, DE UNO EN UNO.

—Estaba hablando yo con él, capi.

—No. Fuera. Soy el puto capitán ¿queréis hacerme caso?

—Por eso mismo no tienes que hacerlo tú.

—¿Quién me eligió capitán? Yo, ¿verdad? Pues entonces hacedme caso.

Tengo una idea. Puedo usar mi escudo y…

—Tengo algo que me ayudará a protegerme de este bicho. Así que, por favor, suéltalo. Tengo escudo mental.

Las discusiones continuaban. Así que decidimos hablar con la espada.

—Capitán, capitán…se están rebelando contra ti. Qué feo.

Rápidamente vimos que Kovu chasqueaba los dedos. No sabíamos por qué. La espada golpeaba la protección mental.

—¿Por qué te juntas con los vivos?

Porque son guays. Porque estoy vivo.

No. ¿Cuánto tiempo hace que no saboreas una buena comida caliente? ¿Cuánto hace que no saboreas el tacto de una mujer?

Eh…em… ¿a qué año estamos?

—¿Queréis hacerme caso de una vez? Saca la mano.

Estoy en una conversación.

—¿Qué clase de tripulación tengo?

La que tú escogiste, merluzo.

—El capitán es débil.

Mi capitán es fuerte. Tendrías que haberle visto. Se cargó a yo qué sé…trescientos bandidos de un plumazo él solo. ¿Trescientos o treinta? No sé contar.

—Quién no sabe hablar con diplomacia, es débil.

Yo no sé hablar de diplomacia.

Vente conmigo.

No.

—Y serás, serás un…

—¡QUITA BICHO! —interrumpió el leonino súbitamente.

Me ha dicho que la empuñe.

Sí. A mí también.

—¿No quieres demostrar a tu capitán que eres mejor? ¡surca conmigo los mares!

¡Es mi amigo!

No. No hace falta matarlo. Simplemente demostrarle que tú puedes ser el capitán. ¿No te gustaría?

Estoy a gusto con mi no vida.

El tira y afloja entre Damocles y la espada se alargó más de lo que a Kovu y a mí nos hubiese gustado. Yo también quería hablar con la espada. Preguntarle sobre el kraken y sobre la gente que vivía aquí.

—Piénsalo. Tú, yo, un barco, dando órdenes.

¿Es esto una cita?

Empezó a escuchar velas encenderse en el interior de su cabeza e incluso música de fondo. Pero interrumpí a la espada. Se quejaba de que le había invitado a una cita y que le parecía guay tener una con una espada. Kovu estaba empezando a cansarse.

—Espada. ¿Estás ahí? Lo estás, ¿verdad? —empecé.

—Tengo los dedos de una mujer fría como el hielo sobre mí.

—Sí. Eso suelen decirme.

—¿Quién eres tú?

—Soy Vireya. Y los monjes por los que preguntabas no están. Están todos muertos. ¿Sabes algo?

—Sí. Empiezo a recordar que murieron todos, pero no por mí. Tengo mala fama, pero no es verdad. Enloquecieron por el encierro durante una semana.

—¿No tenían forma de escapar?

—No. De alguna manera no podían volver a salir. Estaba El despierto.

—¿Te refieres al pulpo gigante?

KRAKEN

—Y…y…—la mano me temblaba—. ¿S-sabes si…está aquí cerca? ¿si puede salir en cualquier momento?

—Claro que está aquí. Porque los monjes fueron idiotas y construyeron su casa encima de la suya.

—Capi escúchame…los monjes construyeron su casa en la guarida del kraken. Estamos…encima del bicho.

Bueeeno…con no hacer ruido supongo que servirá.

—Sabíamos que estaba por aquí.

—¡Pero no que estaríamos encima!