CAZA EN VAÉLTICA (Capítulo 3)

  

8-1-2023

CAZA EN VAÉLTICA. OLIFANTE

Lloyd- Yo

Olaff- Aron

Ycar- Daniel

Yeros- Sara

Russel- Eva

Bajé a la taberna donde vi que estaban repartiendo los regalos que Olaff y los otros consiguieron recuperar. A él le regalaron un oso lechuza de peluche y no pude evitar sonreír al verlo.

“Anda, Olaff. ¿Es para tu hijo?” Pregunté alegremente. Me caía bien ese hombre. Es un buen compañero, pero aún mejor amigo.

“Eh…sí, claro.” Respondió mientras escondía una etiqueta que ponía que era para él.

“¡Qué dices tirillas, si es para él!” Empezaron a reír divertidos.

“No te voy a juzgar.” Decidí. Tampoco quería salir volando, la verdad. He podido comprobar la fuerza del semiorco en mi hombro y es mucha. “Oye, ¿me dejas? Se ve mullidito…”

“¡No!” Exclamó abrazando el muñeco.

Al zapatero le dieron una capa que sacudió y empezaron a salir varias cosas. Cayeron dos gemas, dos pergaminos, dos pozos, bolsas con dinero…y un caballo. Pude ver que un vagabundo arrastraba una de las gemas con el pie. Arqueé una ceja.

“¿Pero todo eso estaba ahí dentro?” Preguntó Olaff. Lo echaba de menos.

“Me lo vendieron así.” Rio alegremente el comerciante del pueblo.

El animal se acercó y olisqueó al zapatero, que empezó a morderle la patilla como si fuera césped. Después devolví mi atención al vagabundo, que había conseguido una gema. Después el zapatero lo guardó todo a excepción de esa gema. Sin embargo, no pareció hacerle mucho caso.

“¿Lo ha metido todo ahí dentro? ¿hasta al caballo?” Volvió a preguntar el semiorco.

“Eso parece…pobre bicho. Aunque se ve útil.” Respondí.

El comerciante dijo que se lo habían vendido pero mi compañero se lo quedó mirando. Parecía no ser la primera vez que veía uno de esos objetos porque no parecía muy seguro de lo que decía. Estaba sospechando de él porque tenía cierta fama de mangante.

“Vale, vale…”

“La he conseguido, Olaff. No preguntes.”

“Ya me conseguirás algunas cosillas…” Respondió al comerciante con cierto tono de picardía.

Ese hombre no parece apreciar mucho al semiorco pero él a ese tío sí, y bastante. No creo que lo merezca, Olaff es demasiado buena persona. Finalmente, el ambiente de la taberna era jovial y alegre. Todos con sus regalos a excepción del vagabundo y de mí. No me quejé. No me conocían de nada. Pero lo mejor de todo: ¡tenemos libre al día siguiente!

A la mañana siguiente el vagabundo entró en la taberna para calentarse. Había estado nevando y él cogió un resfriado. Empezó a maldecir a la gente.

“Chaval, ¿qué te pasa?”

“Este pueblo no hace nada por nadie. Ayer se olvidaron de mí.” Respondió molesto.

“Date a conocer.” Intenté animarle. Cuando yo llegué también era un desconocido que iba detrás de un catoblepas cuya existencia había gente que dudaba.

Cuando llegó Olaff y pidió el desayuno también pidió para mí. Pero era tanta que no iba a podérmelo acabar todo. Una ración normal de ese desayuno son dos huevos y tres tiras de panceta. Pues bien, ahí había lo menos seis huevos y tropecientas tiras de panceta que ni me molesté en contar. Me quedé mirando al vagabundo y finalmente, lo llamé. Se me quedó mirando un poco desconfiado, pero al final, se acercó.

“Mi compañero me ha elegido el desayuno y no voy a poder con él yo solo. ¿Me ayudas?” le pregunté dándole golpecitos a la silla que tenía al lado. Supongo que el buenrollismo de mi compañero semiorco se me está empezando a pegar. Normalmente he viajado solo hasta ahora y solo he tenido que preocuparme por mí. Pero en compañía es mucho mejor. Me gustó que Olaff se uniera a mis cacerías. A ver si consigo que este chico también lo haga.

“Soy Russell.” Me tendió la mano y le respondí.

“¡Lloyd!”

Al rato entraron unos cazadores que vinieron a buscarme con rumores de que ahora resulta que parto caballos con las dos manos y mato demonios a mordiscos.

“Que mato qué, ¿cómo?”

Me explicaron que en el norte de las estepas de la Horda de Oro hay bestias gargantuescas difíciles de matar pero que son útiles para abastecer al pueblo. Son olifantes, unos elefantes más grandes que ellos, de color gris o marrón con grandes orejas batientes de unos 635kg aproximadamente y con cuatro colmillos en lugar de dos. Los gigantes de la escarcha los usan como monturas. Son animales sociales que se desplazan en grupo, pero a veces hay alguno errático y solitario. Uno de ellos ha devastado regiones y, como por lo que veo soy el héroe local que mata pájaros gigantes a pellizcos y dragones a puñetazos, me pidieron que hiciera algo.

“¡No te preocupes! Olaff y Russell se vienen, ¿verdad?”

“¡Pues claro!” respondió el semiorco.

“Le debo una comida, así que…”

“¡Nah, no me debes nada!” Me quejé. “Pero este oficio, aunque es peligroso es bastante productivo.”

Se nos acercó un caballero que se hacía llamar el Obispo Ycar. No pude evitar dibujar una sonrisa cuando lo vi y me fijé en que Russell y Olaff lo miraban sin tener ni idea de quién era.

“Oh, es un predicador itinerante.” Dije.

Él mismo se hace llamar obispo. Un hombre que se dedica a predicar pero que cada cierto periodo de tiempo se cambia de dios. Esta vez, es obispo de Pelor. Es un chaquetero, pero dicen que tiene poderes mágicos. Es un tipo raro pero interesante.

“Según como le dé, sigue a un dios o a otro.” Acabé de explicarles a mis compañeros.

“¡Siempre he sido obispo de Pelor, el único dios!” se quejó indignado. Al parecer no hablé suficientemente bajo.

“Ah, em…lo siento, señor.”

“¿Quién es Pelor?” Preguntó Olaff.

“¿¡No sabes quién es!?” Exclamó Ycar aún más indignado.

“¿De verdad no lo sabes?” Pregunté yo también.

“Pues, no.”

“Yo tampoco lo sé.” Le respondí a Olaff en voz baja.

Tras hablar de la cacería Ycar también decidió unirse a lo que me pareció muy buena idea. Un clérigo siempre es bienvenido en cualquier equipo y para cualquier asuntillo que se quiera llevar a cabo. Además, algo me decía que iba a ser divertido. Antes de irnos, Olaff me dijo que el indigente era de aguas turbias, que le gustaba robar y hacer cosas raras y que le tuviera un ojo echado.

“Pues tirillas y Olaff ¡juntos de nuevo! Y cía.”

El semiorco me dijo que iría a por pociones por si quería acompañarle y dije que sí. Russell se unió a nosotros. Me fijé en que aquel chico no era de muchas palabras o es que no nos conocía o, finalmente, es que nuestras formas de ser lo abruman.

Una vez en la tienda vimos que había pociones de muchas clases. Algunas de ellas creo que es la primera vez que las veo y no sé ni para qué sirven.

“Tienen pociones.” Observó mi compañero muy acertadamente.

“Ya lo veo.” Respondí. Fue una respuesta salida del alma, como si al haberla pensado yo antes, no me habría salido.

Mi compañero pidió dos pociones de fuerza de gigante, pero empezó a pensárselo cuando le pedían 1000 monedas de oro por las dos.

“¿No tienes nada más barato?” protestó.

Le enseñó pociones de curación y una piedra de la suerte. Un ojo de gato que se suponía que debía traer buena suerte pero yo no creo en esas cosas. Finalmente le propuse comprar las dos pociones entre los dos.

“Te echaba de menos tío. Eres un buen amigo.” Me respondió con esa vocecilla de emocionado. No pude evitar sonreír.

“Yo también te echaba de menos.”

Vimos que Russel no iba a comprar nada y después nos fuimos al bosque. El viaje es un poco pesado. Bosques muy densos y espesos que nos obligaban a hacer varias paradas porque no estaban acostumbrados a esas caminatas. Olaff es hombre de ríos y a Russel no lo veía yo muy contento de estar allí. Pasado un rato, el semiorco nos pidió hacer una pequeña parada para hacer sus necesidades.

“¿Dónde puedo mear?” me preguntó.

“Tienes quilómetros de lavabo.” Señalé el bosque extendiendo el brazo.

Cuando se separó un momento del grupo se dio cuenta de que alguien estaba observándole.

“JODER, ¡POR ESO NO ME GUSTA MEAR EN EL BOSQUE!”

Se acercó un señor de especie mediana que no paraba de echarle bronca y de maldecirle por haberle orinado en las flores. Trató de empujar a Olaff inútilmente.

“¿Qué pasa?” preguntó Russel cuando él, Ycar y yo nos estábamos acercando.

“¡El pitufo, que ha salido de entre las flores!”

“¡Este goliath ha estropeado mis flores!” se quejaba amargamente.

Antes de que la cosa fuese a más Ycar decidió intervenir.

“¿Cómo te llamas, buen señor?”

“Yeros Merodeador del Musgo, druida de esta antigua arboleda.”

No sé muy bien cómo, pero empezaron a discutir sobre sus dioses. Pelor y Destello. Cada uno de ellos defendía que el suyo era el verdadero y bueno, temas que no controlo. Mientras seguían discutiendo bajo la atenta mirada de Olaff y Russel, empecé a escuchar algo…un temblor que parecía intensificarse seguido del canto y graznido de los pájaros. Los árboles empezaron a ceder y el temblor se hizo cada vez más intenso hasta que mis compañeros lo pudieron percibir con claridad. Los árboles cedían como si fueran ramas secas y un resoplido podía sentirse a pocos metros.

“¿Qué oyen tus oídos de tirillas?” preguntó el bárbaro.

“Viene algo, muy grande…”

Se escuchó el resoplido más y más cerca. Yeros pareció molestarse y con razón.

“¿¡Qué habéis traído al bosque!?” nos regañó.

“Intentamos sacarlo del bosque, señor.” Respondí al druida. Disparé al olifante en cuanto lo vi, pero él fue más rápido y me apresó con su maldita trompa.

“¡TIRILLAS!”

“’TÍO, ¡QUÍTAMELO DE ENCIMA!”

Ycar se acercó al monstruo con calma diciendo que Pelor estaba con nosotros. Alzó su escudo y sentí que me volvía más fuerte. Aunque no me sirvió para soltarme de ese bicho. Cuando Olaff vio que me apresaba, enfureció.

“¡NO SE DEJA ATRÁS A UN COMPAÑERO!” Empezaron a pasar cosas raras. Olaff empezó a brillar.

“Tío, ¿estás brillando?” le pregunté a pesar de estar apresado por el olifante. El animal ya no estaba pendiente de mí sino de mis compañeros, pero el muy cabrón se negaba a soltarme. Me sentía como si fuera su muñeco favorito.

“Siempre que me enfado pasan estas cosas.”  Respondió. Se acercó al olifante levantando a su… ¿Sexy Maza? Creo que la bautizó, e intentó golpearle. El primer golpe falló estrepitosamente, pero la vuelta de su arma le hizo bastante daño ya que la maza llegó con mucha fuerza. Pude ver que mis compañeros se acercaron a la bestia. Me sorprendí al ver que unas espinas apresaban al enorme olifante.

“¡Bien hecho, druida!” exclamé. Aunque no fue suficiente para que me soltara.

Intenté zafarme sin éxito de esa maldita trompa, pero no lo conseguí. A cambio, conseguí herirle. Sin embargo, a modo de venganza, me estampó contra el suelo. Sentí que todo me daba vueltas y me costaba mantenerme despierto. Abrí los ojos de golpe cuando vi cómo los barría con los colmillos.

“¡No os preocupéis!” escuché a Ycar. “La encarnación de Pelor, yo, ¡está con vosotros desde que pisasteis esta tierra!”

“Se cree un dios, ¡estamos perdidos!” escuché decir a Yeros. Incluso atrapado, no pude evitar reírme. Me gusta ese señor, me cae bien. Al estar apresado por ese bicho de mierda tenía tiempo para pensar de vez en cuando. Me gustaba ese grupo. Eran divertidos y fuertes. Ycar consiguió curar al grupo pero yo temía por mi integridad física.

Pero después, todo se volvió en nuestra contra. El olifante volvió a barrer a mis compañeros con sus colmillos e Ycar cayó gravemente herido.

“Mierda, ¡YCAR!” grité. Pero no me respondía.

Russel lanzó un maleficio al monstruo que sirvió para que Yeros lograra asestarle un conjuro de fuego que lo cabreó todavía más. Yo volví a dispararle de nuevo acertándole y vi que además de cabreado empezaba a sangrar. Una buena señal.

“¡Se tambalea, ya queda poco! ¡Ya no me aprieta tan fuerte!” Avisé.

Miré a Ycar que seguía muy malherido. No sé si se movía o no y empecé a preocuparme de verdad. Hay que terminar esto cuanto antes y ayudarle.

“Joder, Ycar…”

Vi venir una bola de fuego procedente de las manos de Russel y empecé a temer por mi vida. Pero suspiré aliviado cuando vi que el hechicero moldeó el conjuro para evitar calcinarnos. A los pocos segundos vi venir OTRA bola de fuego más procedente del druida, que no tenía la habilidad de moldear hechizos como el hechicero. Pero el olifante era lo suficientemente grande como para que no me diera a mí. Ni a mis compañeros.

“Estoy teniendo demasiada suerte.”

Dos flechas más fueron suficientes para matar al monstruo. Una de ellas se clavó en su ojo y la otra, fue a parar a su garganta. Se tragó el proyectil y empezó a desgarrarle por dentro con la punta. El animal cayó y yo, con él. Muy pesado, no podía respirar y yo tampoco estaba en mi mejor momento. Pude ver que Olaff se acercaba y me quitó la trompa.

“Gracias, Olaff…” Resollé. Estaba sin aire por el peso de esa cosa y por mis heridas. Me quedé en el suelo tumbado bocarriba contento de ver a mis compañeros. Después, me levanté para socorrer a Ycar. “Ycar.” Susurré.

“Ya voy yo.” Me detuvo el druida. Se acercó a él sonriendo burlón. No pude escuchar qué es lo que le dijo, pero al apoyarle la mano consiguió curarlo lo suficiente como para estabilizarlo.

Después, empezamos a hablar de cómo llevar al animal al pueblo. Yeros parecía tener sus propios planes de cocina con él cosa que no me parecía mal y además, incluso sonaba hasta bien lo que quería hacer. Los cazadores que estaban por la zona nos ayudaron a llevar lo que queríamos del animal hasta Vaéltica. Al rato llegó otro cazador con más noticias: he matado a una hidra de una patada en la cola. Pero el chico se disculpó diciendo que había confundido los colmillos con cabezas. Dejé ir un suspiro.

Oswaldo finalmente se cansó de que distorsionaran lo que hice y nos preguntó a Olaff y a mí qué había pasado realmente. Pues mis hazañas parecían ser una cosa y acababan siendo otra tan diferente que hasta yo mismo me sorprendía.

Las conversaciones empezaron a desvariar mucho cuando se acercó un antiguo ligue de Olaff. Por lo que la semielfa dijo, de hace unos 7 años.

“Oye Olaff, lo he pensado y quizá…tengo algunos sentimientos hacia ti…quizá…te gustaría retomarlo…”

“Ajá…ya te pasaré mi teléfono.”

“¿Qué es un teléfono?” preguntó Yeros con curiosidad.

“¿Alguna palabra inventada?” pregunté yo también.

“Ay, siempre con sus palabras inventadas, qué gracioso es.” Sonrió la semielfa.

Para escurrir el bulto mi compañero nos dijo si queríamos una cerveza y no dije que no. También le dijo a Yeros que viniera, y a Russel.

“¡Vamos, pitufo!”

“¡No me insultes, no me llames pitufo!”

“No es un insulto, mi madre es una enana.”

Yeros, se quedó mirando a Olaff de arriba abajo justamente como hice yo cuando lo conocí. Demasiado grande para ser un enano, pero demasiado bajito para ser un orco.

“A mi padre le van pequeñas.” Bromeó.