CAZA EN VAÉLTICA (Capítulo 4)

 

29-1-2023

KYTHON Y EL CONEJO DE LA DESGRACIA

Hoy nos encontramos de nuevo en nuestra taberna favorita. Los días empiezan a ser más largos y es festivo en la región. Yeros miró por la ventana el evidente cambio de tiempo.

“Ya se acerca la primavera.” Sonrió el druida mediano desperezándose.

La festividad es a causa de los ciclos solares. Se celebran los eclipses porque es algo que no se da mucho. Es un fenómeno infrecuente e inusual y aunque se dice que es una fiesta heredada de los elfos, no nos engañemos, es que cualquier excusa es buena para no dar palo al agua.

“La luna ayuda a las cosechas.” Recordó Yeros.

“Espero que a causa de esto no haya bichos raros por el bosque.” Dije yo.

“Suelen pasar cosas raras.” Admitió nuestro viejo compañero. La verdad es que me cae muy bien.

“Correcto.”

Por otro lado, nuestro clérigo favorito, Ycar, amaneció con una gran resaca después de aquella fiesta del día anterior tras beberse cuatro jarras enormes de vino. Un clérigo borracho…me parece un peligro. Por otro lado, a Olaff le sirvieron un litro de una de las bebidas más fuertes que había y el tío pidió dos…la otra, era para mí. Voy a morir.

“¡Venga, tirillas! ¡Otra para ti!”

Me quedé mirando la jarra y escuchaba a la gente que me animaba e incluso apostaba. Estúpido de mí, quise llevarle el ritmo a Olaff y fue un error muy gordo. Al parecer me subió bastante rápido e intenté disparar una flecha de un carcaj que no tenía. Al parecer, cuando estamos de celebración las flechas y cualquier cosa que se pueda disparar con un arco, me lo alejan. Lo último que recuerdo es que me caía y pude ver a Olaff ir detrás al poco rato.

Olaff, despertó con unas botas que no eran suyas. Le entró frío en los pies porque estaban un poco estropeadas. Despertó junto al enorme peluche del oso lechuza.

“Hostia, estas botas no son mías…yo no soy Russell.” Dijo leyendo el nombre. Era el calzado que el zapatero regaló a aquel pícaro. Después, intentó recordar qué es lo que pasó y consiguió retener algo: a Osvaldo llevándolo a su casa.

“Venga, tira.” Regañaba el tabernero.

“Mamá, no quiero irme a la cama.” Protestó.

“Se lo diré a tu madre.”

Por otro lado, yo desperté también con la resaca y vestido. Me pesaban mucho los pies y, además, vi que tenía la palabra “tereyah” escrita en la frente. Torcí el gesto al leerlo en el espejo e intentando recordar algo, pero lo tengo bastante borroso. Estuve bailando con una chica humana y, después, ya no me acuerdo de nada.

“Recapitulemos” Me dije a mí mismo. “Bailé con una humana, y me he despertado con las botas de Olaff…oh dios, eso no. Espero que lo que sea menos eso. Si ha pasado algo, que no haya sido con él. Joder, joder, joder…voy a preguntarle.”

En otro lado de la taberna, Ycar despertó como si hubiera soñado. Tenía resaca, pero se acordaba de absolutamente todo. Recordó haber bailado con una chica en un entorno íntimo y las manos digamos que estuvieron explorando cosas. Ese día, nuestro clérigo de Pelor lo era de Olidammara, que siempre lo ayudaba en las parrandas. Se echó la mano al bolsillo y notó que tenía una carta.

“Me cago en mi puta vida.” Susurró mientras volvía a doblarla. Era la chica con la que bailó insinuándole cosas un poco personales y subiditas de tono. Se echó las manos a la cartera y no la tenía. Al menos, sí que conservaba un nombre, Rosalía. Mientras él maldecía, la tabernera…

“Olaff. La próxima vez, los huevos se quedan en casa. ¿Vale?”

Me acuerdo de que el tema de las bebidas y de que todo acabara en caos fue por el clásico “no hay huevos” y Olaff, es alguien MUY fácil de retar. Pero a mí me preocupaban otras cosas referentes a mi persona y a lo que ocurrió anoche. La mujer me explicó lo que ocurrió y me sentí muy aliviado. No pasó nada entre Olaff y yo. Ycar se reunió con nosotros y comentó el mensaje de la chica. Al parecer, el semiorco la conocía y cuando la conversación iba por un camino que me parecía un poco molesto, por el hecho de que igual la implicada estaba por ahí, fui en busca de mis botas. Que las tenía Russell.

Al rato, a la hora del desayuno, a mi compañero le sirvieron tremendo bistec de olifante con una jarra para beber. La carne, sangraba un poco.

“Si pinchas eso, se va a quejar.” Señalé la comida con la cabeza.

“Es que el fuego no es tan grande y no cabe entero.” Se justificó Osvaldo. Me extrañó que no me mandara callara.

“Pero si lo corta, va a bramar, de verdad.”

A Ycar le sirvieron unas lentejas porque pedía comida ligera y fácil de digerir y a mí, unos huevos fritos con tiras de panceta que compartí con Olaff.

“¿Viste las vueltas que se marcó con tus botas?” Preguntó el clérigo al semiorco refiriéndose a mí.

“¿Que hice qué con qué?” Pregunté.

En su casa, Yeros se desperezó haciendo sonar más huesos de los que él tenía. Recolectó setas y alimentos varios cuando se acercó al arroyo y vio a un conejo malherido y moribundo. El druida decidió curar sus heridas al ver que seguía vivo y no podría utilizarlo como compost para sus plantas. Por lo que el animal explicó, fue perseguido por dracónidos. Al parecer se metió con quien no debía. Un ejército se dirige desde Terrelis hasta nuestra tierra.

La voz de la Reina Cuervo sonó en su cabeza pidiéndole que viajara a Vaéltica. El bosque corría peligro y era conveniente que pidiera ayuda en aquella ciudad cercana.

“Señora, solo soy un pobre conejo. Déjame tranquilo.”

“No puedo. Yo formo parte de todo y, por tanto, también de ti. Solo los habitantes de la civilización pueden ayudarnos con ese dragón.”

“No quiero morir. He estado a punto y morir, es malo.”

Dile que te lleva a Vaéltica.”

“¿Por dónde queda Vaéltica?”

Tras hablar Yeros con él, le señaló la dirección de la ciudad que estaba aparentemente buscando. Le dijo al druida que una voz en su cabeza le decía que debía viajar hasta allí.

En la ciudad, Olaff ayudaba a Osvaldo con los suministros e Ycar fue a prepararse para venerar a Olidammara cambiándose la túnica y cogiendo su símbolo de entre un objeto en el que llevaba varios de ellos. Se acercó al tabernero para demostrarle que era un clérigo de su nuevo dios. Pero nadie engaña a Osvaldo.

“Ayer eras del Sol.”

“Porque el sol es parte de Olidammara. No has leído los textos sagrados.”

“No me lo enseñaron en catequesis.”

“Porque los textos de los dioses también tienen sus secretos.” Respondió con una voz un tanto pícara y arrogante. Ycar es buen tío, si tu vida pende de un hilo te ayuda. Pero tiene sus peculiaridades. La más grande, quizá, es que es un clérigo de conveniencia.

Preguntó por Olaff y cuando se dirigía a buscarle para proponerle de viajar juntos, pues al parecer Olaff iba a estar fuera un tiempo, una voz le dijo que era su padre y que lo perdonase por haberlo abandonado treinta años atrás.

“¿Papá?”

“¿Soy tu padre?” preguntó el semiorco señalándose a sí mismo.

“Ahora no, Olaff…”

Llegó Yeros con el conejo, llamado Zick. Los niños al ver al druida se alegraron y sus caras se iluminaron al ver al harengon con él. No tardaron en pedirle que los dejara tocarle.

“Si se deja…es muy arisco, acabo de salvarle la vida…”

Los niños le pidieron que explicara historias sobre el bosque mientras otros interrumpían pidiendo que Zick les dejara tocar su cola. Algo que a él no parecía convencerle del todo. Por otro lado, el druida accedió a contar esas historias de bosques que al principio eran cenizas y estaban oscuros y que después, comenzaban a mejorar y a florecer. De repente, Zick empezó a hablar y gesticular con la Reina Cuervo.

“He olvidado decir que de vez en cuando hace esto.” Dijo Yeros en señal de disculpa. Los niños se quedaron mirando al harengon arqueando sus cejas.

El nuevo compañero del druida haría alrededor de 1’55m de color canela, nariz rosa y enormes ojos azules. Es como un peluchillo grande. Mientras escuchábamos las historias de Yeros, que siempre son bienvenidas en el pueblo, escuché gritos que se acercaban. Eran de desesperación y miedo. Pude ver cómo en pocos segundos una bola de fuego cruzó el cielo haciendo el sonido de cohetes e impactó contra la cervecería. La familia, la gente que me acogió y me dio un techo en Vaéltica, estaba allí. Sentí que el corazón me latía con tanta fuerza que cualquiera podría darse cuenta desde fuera. Se me secó la garganta y enfriaron las manos. Por la cabeza solo me pasaban varios finales para los que estaban allí dentro, cada uno de ellos peor que el anterior. Cuando salí corriendo hacia el lugar junto a mis compañeros, un dracónido negro se detuvo cortándonos el paso acompañado de un diablo de cadenas.

Olaff logró evitar al enemigo y se dirigió a la cervecería. No me dejarían ir a ayudarle y eso me daba más rabia todavía. Consiguió sacar a los niños con ayuda de Osvaldo. Pero todavía quedaban Fermín y Gertrudis, los propietarios. Y también él. Veía el desastre caer en Vaéltica y en mi vida. Si les pasaba algo, me quedaría solo.

“Se acabó tu suerte, conejo.” Gruñó el dracónido dirigiéndose a Zick.

“¿¡QUÉ, LOS HAS TRAIDO TÚ!?” grité agarrando al harengon por el cuello de la ropa y levantándolo del suelo.

“¡No, pestuncio, lo he traído a la vida!” pidió Yeros.

“¡Deberías haberlo dejado morir!” rugí.

Solté a Zick y él disparó al monstruo con su ballesta. Yeros, muy inteligente, intentó calcinar al enemigo calentando el metal de su armadura, pero observamos horrorizados que era inmune al calor. Después, los que parecían sus siervos atacaron con jabalinas. Zick logró esquivar una que se dirigía hacia él. Pero si no lo matan aquí y ahora, lo haré yo tarde o temprano. Más temprano que tarde. Pude observar que el dracónido estaba muy tranquilo en la retaguardia y no me parecía justo que todos sufriéramos menos él. Así que disparé una flecha acertándole. El dracónido simplemente dijo que éramos fuertes y se retiró. Sabemos que volverá.

Mientras tanto, Olaff seguía tratando de rescatar al matrimonio y a los niños. Una viga de madera cayó sobre mi compañero, pero no pareció notarla demasiado. Se la quitó rápidamente de encima.

“¡Olaff!” lo llamó Gertrudis.

Escuchó toser a Fermín y llamar a su esposa. Uno pedía que salvara al otro y el semiorco al principio pensó que lo lógico sería ayudar al que tenía más cerca. Pero tenía poco tiempo. En la planta baja están almacenados los barriles de cerveza que es alcohol. El bárbaro, en un último intento de salir todos con vida de allí dentro, echó a correr recogiendo a Gertrudis y Fermín por el camino y precipitándose por la ventana rompiendo la escalera. Se escuchó una explosión. Se acabó, los he perdido a todos. ¿Qué voy a hacer ahora?

El enemigo volvió a atacarnos con aquellas cadenas. Yeros parecía especialmente en peligro. Todos estábamos agarrados por las cadenas ardientes a excepción de Zick. Me dio rabia pensar que ahora mismo dependíamos de él.

“¡YEROS, RESPONDE!” grité al mediano preocupado por él.

“Ya no estoy para esto.” Se quejó amargamente.

A pesar de estar prisionero el druida estaba preparando un conjuro de rayos que sabía perfectamente que impactaría también a Ycar, quien estaba dispuesto a recibirlo si así dañaba al enemigo. Zick tuvo suerte y no consiguió agarrarle y yo, disparando casi a bocajarro con el arco también hacía algo. Gracias a Ycar nos manteníamos conscientes y Yeros, sabía cómo dañar al enemigo. Llegaron a la conclusión de que era débil a la magia sagrada así que empezaron a meterle caña. Nuestro clérigo hizo un buen trabajo.

Al rato, llegó Olaff asestando el golpe de gracia cuando ya estábamos todos cansados y heridos. Zick se aferraba a su ballesta sin saber qué decir. El monstruo de las cadenas se desvaneció convirtiéndose en polvo arrastrado por el viento. Mi amigo estaba vivo. No sé qué pasó, pero él estaba allí. El Kython, que así se llama el Diablo de las Cadenas, ya no estaba.

Tan pronto como acabamos abracé a mi amigo y los demás se estiraron los músculos después de estar atrapados por las cadenas durante más rato del que nos hubiera gustado. Después, agarré mi espada y quise descargarla sobre Zick. Pero Olaff, puso su maza por delante deteniendo el golpe.

“Quieto, tirillas.” Me pidió con voz grave.

“¿¡POR QUÉ LO HAS TRAIDO!?” pregunté furioso a Yeros. El druida descargó su bastón en mi cabeza por levantarle la voz. Es un hombre de carácter.

El harengon explicó que hacía poco que había sido ascendido a asesino y lo enviaron a vigilar a un grupo de dracónidos. Pero la cosa salió mal.

“Mandan a un novato a una misión de profesionales.” Gruñí apretando la espada. Tenía los nudillos blancos. “¿Es que no te quieren?”

“Solo soy un conejo, ¡quién va a quererme!” Se quejó. La verdad es que esa respuesta no me gustó en absoluto.

Cuando la discusión podía seguir durante horas, llegó Osvaldo diciéndole a Olaff que Fermín y Gertrudis respiraban y estaban bien aunque necesitaban un poco de ayuda. Sonreí, le pasé mi arco a mi compañero semiorco, y me fui con Osvaldo para atender a la que se había convertido en mi familia en Vaéltica. Por el camino pensaba en mis compañeros. Me alegraba ver que estaban todos bien. Ver que Olaff estaba vivo. Es lo más parecido a un hermano que he tenido nunca.