CAZA EN VAÉLTICA (Capitulo 2)


18-12-2022

CAZA EN VAÉLTICA (Capitulo 2)

Barglura

Lloyd, explorador humano, yo.

Olaff, bárbaro semiorco, Aaron.

Ha pasado una semana desde que di caza al catoblepas y empecé a conocer la dinámica del lugar. El invierno es muy normal y, para mi sorpresa, me he acostumbrado muy rápido.

Este sitio es un reino con clase y la civilización está más cerca del sur siendo el norte un buen sitio en el que buscar materias primas. Vaéltica me cayó en gracia, la gente es bastante agradable y me embolsé 830 monedas de oro, que no está nada mal y, además, he conseguido llevar una vida bastante cómoda gracias a un alquiler que me han ofrecido los cerveceros del pueblo. Al haber matado al monstruo me ofrecieron quedarme allí así que acepté.

Desde ese día hay varios cazadores que me respetan por lo que hice y por hacer callar a Osvaldo, el posadero, al llevarle la cabeza del catoblepas. Estaban contentos de que alguien del gremio hubiese logrado algo así. Son buena gente, muy majos.

Mientras charlaba con la gente y me pedían que explicase por enésima vez cómo fue la caza del monstruo que, por cierto, el boca a boca hizo que la historia desvariase mucho, entró un semiorco que revolucionó a la gente, de piel verde un poco tostado por el sol. Al parecer, un marinero fluvial. Seguro que ha viajado mucho y habrá visto mundo. Tengo entendido que los tipos como él trabajan 7 meses y pasan 5 de vacaciones, pero tienen que ahorrar mucho para poder pasar ese tiempo sin muchos problemas. Aunque hay otros, que tienen otro trabajo. Este que acababa de llegar no olía a pescado y sus ojos me llamaron la atención, heterócromos. Maldita sea, es como un enano grande. No estoy acostumbrado a ver semiorcos.

“Joder, es un enano enorme.” Pensé al ver al semiorco.

Alguien llamó al recién llegado Olaff el limpito y no pude evitar reírme. Pero lo hice con discreción porque no quería que aquel semiorco me partiera la cara. Alguien le lanzó un plato de pescado al parecer, el graciosillo de turno y, para mi sorpresa, uno de los hijos del cervecero. Hice ver como que no sabía quién era. Cuando pensé que se iba a derramar sangre, la situación se volvió un poco…rara.

“¡Joder Claudio siempre igual!” exclamó levantando una mesa. “¡Esta era mi muda limpia!”

“¡Olaff, baja la puta mesa que sabes lo que me ha costado!” le gritó Osvaldo.

Claudio y Olaff se dieron sendas palmaditas en el hombro y, al parecer, empezó un interrogatorio. Podía escuchar alguna pregunta, pero había demasiado ruido y no entendí nada. Solo pude fijarme en una mujer que cuando lo vio, rápidamente se marchó de allí. Parecía estar embarazada y algo me dijo que había un lío de faldas. Volví mi atención al semiorco. Ese payaso era famoso en el Caldero de Oro. Trae historias y, para placer de Osvaldo, mercancía exótica. Un ánfora de vino de nada menos que Barcanonax, una ciudad que está en el quinto cuerno.

Hacia el mediodía la animación empezó a decaer un poco. En la sobremesa ya muchos volvían a casa y había relativa tranquilidad. Para mi sorpresa mientras repasaba lo que había anotado del catoblepas, una enorme cerveza aterrizó delante de mis narices, apartando los papeles en el último segundo para evitar que se mojaran. Era Olaff, que se me acercó con tremendas bebidas y, para mi desgracia, me dio a mí la más grande.

“Dioses.” Pensé al ver la enorme jarra.

Me pedía que le explicase cómo maté al catoblepas. Según le contaron, lo que hice fue matar un dragón a puñetazos. Es una de mis cosas pendientes antes de palmarla.

“Bueno, no fue un dragón exactamente. Fue un catoblepas, un bicho que lanza rayos por los ojos.”

Seguimos charlando largo y tendido hasta que ya se hacía la hora de volver a casa. A la mañana siguiente llegaron mineros que parecían tener miedo de volver al trabajo. De nuevo rumores, historias…y para mi sorpresa, Osvaldo se me quedó mirando. Empieza a fiarse de mí desde que llevé la cabeza de esa cosa a la taberna y con gesto del tabernero, me acerqué a los mineros. Explicaban desapariciones que empezaron hace poco e incluso algunos empezaban a portarse de forma extraña, patrones de sugestión…han visto sombras, oído cacofonías y se sobresaltan al mínimo ruido. Hay un ambiente enrarecido en la mina. El jefe les echa la bronca porque es familia del señor feudal y no quiere que sus trabajadores sean improductivos.

“El señor feudal esta vez no sé si tendrá recompensa, pero puede ser una fuente de información.” Dejó caer Osvaldo mientras hablaba conmigo.

“Tendré que echar un vistazo a ver.”

“Tu reputación irá aumentando si ayudas.”

“Me irá bien. Así hago contactos aquí y allá.”

Me dio un mapa para llega a la mina situada un poco al norte. Pero en un día llegaré.

“Quizá si descubres algo te pague. A nadie le gusta tener problemas en el trabajo.” Me dijo el tabernero mientras me daba el mapa para llegar a la mina.

“Bien visto. Gracias.”

Antes de marcharme busqué a Olaff. Afortunadamente lo encontré desayunando y me acerqué a él. Me senté en la mesa y fui directo al grano.

“¿Haces algo luego?”

“¡Lo siento, chaval! ¡no me van esas cosas!” empezó a reír divertido.

Al principio me quedé un poco bloqueado, pero después entendí a qué se refería.

“No, no…oye, ¿en qué estás pensando? ¡solo quiero que me acompañes a la mina!”

“¿Vas a ayudar a la gente? ¡estás hecho un héroe del pueblo! Esta es mi peña, te acompaño.”

“También empieza a ser la mía después de una semana.” Sonreí. Olaff pareció aprobar esas palabras. Unas palabras que siento de verdad.

“¡Este chavalín! ¡Ahora vuelvo!”

“Chavalín…y seguro que no es mayor que yo.” Pensé.

Al rato llegó bien equipado y no pude evitar fijarme en la maza que llevaba con inscripciones mágicas que parecían lenguaje enano. Aunque creo que no lo es, pero no estoy seguro. Se parecen bastante y se escriben con runas. Me explicó que la maza la encontró en la costa emitiendo un aura y que pareció ser cosa del destino el habérsela encontrado allí. Un viaje agradable con mi nuevo compañero.

Al llegar a la mina vimos a los trabajadores parados en la entrada. El jefe estaba flanqueado por dos mercenarios y se veía muy bien vestido en comparación al resto. Una pequeña turba empezaba a ponerse nerviosa.

“Mira, un pincel.” Me dio un codazo mientras señalaba al tipo bien vestido con la cabeza. No pude evitar echarme a reír. Tenía razón. “¡Que no panda el cúnico, aquí tenemos al héroe del pueblo!”

La situación empezó a venirme un poco grande. No soy de ir llamando la atención, pero me vi en necesidad de seguirle el juego a mi compañero semiorco.

“¡Sí, sí! ¡Soy el cazador del catoblepas!”

El hombre se nos acercó como si nos hubiera estado esperando y nos habló con mucha naturalidad cuando ni siquiera sabía mi nombre. A Olaff, sin embargo, lo reconocieron enseguida.

“¡Eh, pincelito!” exclamó el semiorco. No pude evitar volver a reírme. Tiene una forma de expresarse curiosa. Suena macarra, pero no tiene malas intenciones. Miré alrededor y vi que la gente se había retirado. “Sabemos que tienes pasta.”

“Eh, ah, sí…”

“Directo al grano.” Le susurré.

Mientras hablábamos con el responsable y Olaff negociaba un precio aceptable por echar un vistazo a las minas, también empezó a oler algo, un olor a algo mágico, a azufre.

“Pues 20 piezas de oro para cada uno.” Concluyó el bárbaro.

“Me parece demasiado caro para comprobar si hay ratas.”

“Y te la dejamos como una patena.” Añadió Olaff.

Al final el hombre accedió y pregunté a mi compañero qué era lo que había notado escasos segundos antes. Me dijo que olía a mierda, a azufre. La verdad es que se me quitaron las ganas de ir de caza porque ese olor solo pueden ser demonios o diablos.

“Podemos llevarnos un kenku.” Propuso Olaff. Veréis, muchos cabrones sin escrúpulos llevan pájaros a las minas y los utilizan como medidores orgánicos de toxicidad. En este caso si llevamos un kenku y empezase a enfermar, quiere decir que el azufre en este caso, sería muy denso.

“Tío, pobres criaturas.”

“¡Lo has pillado!” me golpeó con fuerza en el hombro mientras reía.

Llegamos a la zona de trabajo y allí vimos un lago subterráneo que utilizaban para varias cosas. No muy lejos de él encontramos unos agujeros que claramente no han sido excavados por ellos. Cuando todo está en silencio se escuchan las corrientes de agua y de viento y las poleas. Pudimos observar que había varias entradas y Olaff señaló uno de los agujeros por el que salía despedido un olor a azufre asqueroso y una gran negatividad.

“Ese hoyo huele a azufre.” Me señaló el semiorco. “¿Qué puede ser?”

“Un demonio o un diablo. No sé si nuestras vidas valen solo 20 piezas de oro cada una.” Suspiré.

“Escucha, ¿no habías matado a un dragón a puñetazos?” Me preguntó. Me quedé mirando a mi compañero y puse los brazos en jarras.

“Y a un monstruo de dos cabezas, al catoblepas lo partí en dos con las manos, y he matado a un dragón a puñetazos. He hecho cosas que ni yo mismo sabía…” Me encogí de hombros. “¿Tienes algún dios?

“No soy muy creyente.”

“No…ni yo.” Suspiré. “Vamos.”

“¡Después de ti, figura!” Exclamó con tranquilidad. “¡Es broma, venga yo voy delante!”

Nos acercamos al agujero y de él salió una corriente de aire que potenció el olor del azufre. De la oscuridad salió lo que parecía un mono bastante grande con unos colmillos importantes.

“¡ME CAGO EN SU PUTA MADRE!” exclamé dejándome caer al suelo. Aquella cosa me impresionó. Lo admito, debería haber prestado más atención. Un barlgura que me atacó solo verme y caí al suelo incapaz de moverme. Estaba malherido, me golpeó con mucha rabia. La cueva entera me daba vueltas, pero Olaff consiguió estabilizarme con una poción curativa. Gracias a eso, me pude alejar lo suficiente como para no acabar aplastado otra vez. Casi me hunde en el suelo el desgraciado. Por otro lado, el semiorco aguantó muy bien el tipo y consiguió darle un buen mamporro al bicho.

“¡Joder, le has partido los dientes!” grité desde una distancia prudencial.

Cuando conseguí espabilar un poco, logré dispararle un flechazo bastante certero y pude ver a mi compañero, que parecía estar bastante bien a pesar de las heridas. ¿Es que no le duelen? Pero creo que empieza a necesitar ayuda.

El semiorco consiguió golpearle de nuevo y empezaba a encontrarse francamente mal. Olaff golpeó la rodilla y el muslo del barlgura buscándole la ingle.

“¡VENGA YA, PERO MUÉRETE!” empecé a quejarme. Aquella cosa tenía intención de no palmarla.

Intenté curar un poco las heridas de mi compañero y el hechizo resultó bastante desastroso pero algo conseguí hacer teniendo en cuenta lo mal que empezábamos a ir. El mono le reventó la nariz a Olaff y le salía mucha sangre, hasta yo pude sentir el crujido y hasta me dolió.

Usando las pocas fuerzas que le quedaban el semiorco logró matar al mono de los infiernos justo cuando iba a morderle el cuello. Olaff lo golpeó con la maza tan fuerte que hasta hizo que el ataque se desviara en dirección contraria. Hundió su arma en el cuerpo del monstruo de tal manera que incluso tocaba las rocas del suelo. Después de la muerte del barlgura, Olaff cayó al suelo bastante grave. Sangraba mucho y el cuerpo le daba espasmos. Le di una poción y poco a poco empezó a encontrarse mejor, pero necesitaría descansar una buena temporada. Al mirar a la salida, vimos que había guardias que habían estado presenciando el combate y vieron la decapitación del monstruo. Empezaron a vitorear a Olaff quien me cogió del brazo, y empezó a vitorearme a mí también. Los demás se unieron a los gritos pero siguen sin llamarme por mi nombre.

El jefe de los mineros reconoció su error y prometió más seguridad para sus trabajadores y, por otro lado, algo que nos interesaba más: una recompensa. Él mismo admitió que nuestras vidas eran mucho más valiosas que 20 monedas de oro cada una.

“¿Qué hacemos con esto?” señaló Olaff.

“Podemos llevárselo a Osvaldo y le contamos la batallita.” Dije riendo.

Ese mono era un ser malvado, un demonio muy violento. Tenía conocimientos suficientes para explicarles qué era lo que había pasado y qué era el bicho. A los pocos días llegó nuestra recompensa. Nada menos que 300 monedas de oro y unas gemas valoradas en 500. Además de una carta de agradecimiento. De 20 piezas que nos ofrecían nos hemos acabado embolsando 800 cada uno. Después, hicimos una gran celebración.

“Nada mal. Entre el catoblepas y el puto mono, he ganado 1630 monedas de oro. Podré agradecer a los cerveceros lo bien que me tratan pagándoles el alquiler. Estoy contento.”