EL FRIO SALVAJE (Oneshot)

 Mineia- Vania

Siriana- Silvia

Bendol- Aaron

D'Vana- Yo

1-11-2022

El frío norte. Donde hay grandes valles helados y un frío húmedo que cala los huesos. Es el final del invierno. Hay un baluarte llamado Lietne, un centro económico, político y social conquistado por otras colonias. Como consecuencia, el ambiente que respira es colonial, vienen muchos mercenarios curtidos en batalla porque es un territorio hostil al que no se atreve a viajar cualquiera. Allí, hay una chica alta, con el pelo recogido y rubio, vestida con pieles. Con un aspecto imponente y bello y fiero. Viene de una isla de maleantes llamada Isla de la Corona y le preocupa lo que está pasando. No es normal que escasee la comida.

El baluarte está bastante poblado con 5000 almas viviendo seguros gracias a sus murallas. Los supervivientes de conquistas anteriores todavía siguen viviendo aquí.

Por otro lado, lejos del baluarte, se encuentran los fríos bosques a ojos de la gente, oscuros, negros e interminables. Los humanos los ven como algo desconocido, pero los consideran amigables hasta dónde llega la luz del sol porque hay criaturas hostiles, otras neutrales y, cuentan las historias, que portales que llevan al mundo feérico. Las hadas, son caprichosas y cuando se fijan en alguien se lo llevan a su mundo. A veces regresan, otras veces, no. Y cuando lo hacen, el tiempo ha pasado de manera distinta para ellos pues en el mundo feérico no siempre fluctúa igual que en el plano material.

Las gentes de la zona esperan a que la temperatura mejore y que los bosques den sus frutos, sin embargo, algo está ocurriendo desde hace tiempo. Los campos están marchitos, la luz retrocede y el bosque se muere. Los viajeros ya no quieren cruzarlo porque un inquietante olor a muerte impregna sus caminos. Estas, son las historias que circulan por Lietne.

En el baluarte hay elfos y los aprecian mucho porque entienden al bosque más que cualquiera. Entre los pocos que viven ahí, es conocida una elfa políglota con gran inteligencia en la que siempre han confiado como puente entre ellos y las tierras salvajes. Es una buena archivista, registra lo que entra y sale de Lietne. No es una comerciante, pero, sin embargo, es una buena mediadora cuando hay crisis, pues se comunica con aquellos que los otros no comprenden.

La archivista elfa llamada Mineia sabe que está pasando algo y aunque para su gente ella es todavía una niña, sabe lo que se hace, cómo hablar. Su intención es adentrarse en el bosque y para eso, aunque tiene grandes poderes mágicos, necesita a alguien que le cubra las espaldas. La chica se encontraba en su despacho, no muy decorado: una mesa, una estantería con algunos libros, un mapa de la región y un mapamundi con anotaciones en la parte trasera. Mientras estaba enfrascada en sus quehaceres, alguien llamó a la puerta.

“Pasa.” Escuchó una chica desde el otro lado de la sala. La puerta se abrió e invitó a Siriana a pasar. La joven bárbara de pelo rubio tuvo que agacharse para pasar por la puerta sin darse con la frente en el marco. La elfa arqueó una ceja pues esperaba que la muchacha recién llegada fuera más pequeña.

“Buenas, encantada. Me llamo Siriana, pero me llaman Siri.” Empezó. “No sé si has notado cambios, este frío extraño que no se acaba de ir…esto condiciona bosque y aunque puedo pescar, también necesito alimentarme cazando.” Explicó con un marcado acento de las tierras del norte.

“Tus intenciones son claras, sigue.” Respondió Mineia a la explicación de la recién llegada.

“Pues me temo que pasa algo en bosque. Mar está en calma, sin embargo, bosque da malas vibraciones.”

“Mmm…dime, ¿dejas atrás a alguien?” quiso saber Mineia.

“Solo cuido de mí y de familia que está en Isla Corona. Me valgo por mí misma.”

“¿Has estado en el bosque?”

“No me fío. Hay algo malo allí y yo soy una loba de mar. Me temo que el agua se enfríe demasiado y los peces se vayan.”

Lejos de Lietne el bosque efectivamente se muere. Sus habitantes feéricos lo notan. Muchos portales se apagan y hay pocos de ellos en este plano material. Los elfos, son parientes lejanos de las hadas y se marcharon hace eones al plano material. No sabíamos porqué hasta que vimos la calidez de ese sitio. Sus bosques tienen su propio ritmo, tienen estaciones fijas y olores, colores aunque más apagados, pero no significa que no tengan vida. Nos calma saber que estos bosques tienen un patrón bastante predecible. No obstante, los animales no salen de su hibernación, otros se han vuelto agresivos cuando no lo eran y la gente ya no entra por miedos infundados sobre nosotros aunque en parte puedo comprenderles. Hay algunos de los nuestros que a ojos de los humanos son malvados, pero simplemente son un poco cabrones, traviesos y les gusta ver el mundo arder. Últimamente no hemos secuestrado a nadie, pero nuestros parientes del otro lado sí. Aunque no siempre es culpa nuestra. Los seres humanos cometen más errores de los que admitirán jamás en sus efímeras vidas.

En algún lugar del bosque hay una cabaña de madera con runas talladas y un muérdago permanente que protege la entrada. Se escucha un suave tintineo de campanas procedentes de un atrapasueños. Ese sonido lo lleva el viento inundando el lugar de un ambiente reconfortante. Esa pequeña casa es a su vez un santuario. Fuera vive Bendol, un harengon que intentaba comunicarse con el padre roble, Sylvanus, sin éxito. No parece estar comunicativo, se ve ausente y solloza. Está triste y las oraciones de Bendol casi no le llegan. Él, está sentado con incienso de savia de árbol para poder llegar mejor hasta su señor.

“¿Eh? ¡hola, D’Vana!” me saludó. Su voz siempre suena como si estuviera un poco sobresaltado.

“¡Hola, Bendol! Dime, ¿has conseguido contactar con el padre roble?”

“No. Es como si pasara algo…realmente el bosque se está muriendo y él se ve afectado.”

“Deberíamos salir y pedir ayuda. No vamos a poder tú y yo solos y no hay muchos como nosotros.”

Tras charlar un rato más recorrimos el bosque hasta las afueras con el objetivo de acercarnos al asentamiento de Lietne, o baluarte, o como quieran llamarlo. Por el camino, Bendol se encontró de cara con una chica alta de pelo rubio y vestida con pieles. Cuando alcancé a mi compañero llegaba justamente otra persona con la desconocida. La primera que vimos, se frotó los ojos.

“Pensaba que erais leyenda… ¿hadas? ¿sois reales?” Preguntó con un agradable acento norteño. No lo he escuchado muchas veces pero me suena genial.

“En realidad, no es tan raro.” Intervino Mineia. Ella estaba más acostumbrada a nosotros. Pues al ser una elfa, tiene linaje feérico.

“Y tú, ¿tienes alas?” Me preguntó sorprendida.

“¡Claro! Soy un hada.” Le sonreí. Me gustó la curiosidad de aquella humana. Nos presentamos. Se llaman Siriana y Mineia.

“Quiero saber, ¿qué hacéis viniendo hasta aquí?” preguntó Bendol un poco más a la defensiva.

“Digamos que llegamos tarde.” Dijo Mineia en señal de disculpa. “Sabemos lo del bosque y queremos echar una mano. Nos afecta a todos.” Su voz sonaba suave y tranquila.

“Habéis notado que hace frío. No hay caza, jabalíes…”

“Pues si habéis venido a ayudar lo agradecemos. Somos pocos, nosotros no podemos hacer nada solos.” Explicó Bendol.

“Pues deberíamos ir al corazón del bosque.” Intervine después de un rato sin decir nada. Siriana me miró desaprobando la sugerencia.

“¡Corazón de bosque malas vibraciones, está oscuro!” Protestó con energía.

“Tranquila que es nuestro hogar. Lo conocemos.” Dijo Bendol para calmar a la humana.

“Con condición de que, si algo sale mal, vamos a por refuerzos.” Pidió Siriana. Mineia se la quedó mirando durante unos segundos antes de añadir:

“Tú dijiste que querías venir.”

Empezamos a caminar hasta el corazón del bosque. Por el camino la elfa notaba los cambios por el paso de los siglos. Ella ya había estado allí mucho tiempo atrás. Incluso antes de que naciera Siriana. Las señales de que se está muriendo las percibía muy evidentes. De repente, Mineia me pidió si podía cogerle algunas plumas de un nido de búhos y me acerqué a él volando. Se me cayó el alma a los pies cuando vi a los polluelos y a los padres sin vida. Cogí las plumas, pero lo que vi era demasiado desalentador y triste.

“No puede ser.” Dije casi llorando. “Si no nos damos prisa, moriremos todos.”

“Estas plumas no se ven muy sanas…” Observó Mineia.

“Démonos prisa.” Interrumpió Bendol con su habitual voz nerviosa.

Conforme pasaban las horas el frío arreciaba y Siri se arrebujó en sus pieles. Sintió el cambio de temperaturas.

“Este bosque es oscuro. ¿Siempre es así?” Preguntó. Miraba a los árboles y le daba la impresión de que tenían cara, otros, que eran seres arbóreos con cuerpo y que se moverían en cualquier momento.

“Sí. Los árboles son frondosos y la luz del sol…” me interrumpí a mí misma cuando la vi decirle a un árbol que no la iba a asustar.

Finalmente, cayó la noche. Todo estaba bastante tranquilo y las dos viajeras no parecían muy nerviosas. Nos turnamos para montar guardia y dejamos a Siri descansar. Mientras Bendol y yo hacíamos la primera guardia, mi compañero escuchó algo. Lo que parecían cantos gregorianos y una campana fúnebre.

“¿Has oído eso?” me preguntó.

“Solo ronquidos.” Respondí.

“Se ha escuchado… ¿un canto fúnebre y campanas?” se preguntó a sí mismo.

“Pues mal asunto.”

“¿No es alguien casándose?” intervino Mineia. Creo que debía estar medio en trance todavía.

Bendol me describió un grupo de gente encapuchada con farolillos y caminando todos al mismo ritmo. Entre varias personas transportaban un féretro.

“Parecía un rito.” Concluyó el harengon.

“No lo conoces porque es de fuera, pero es una boda.” Insistía fervientemente la elfa. Casi estábamos convencidos de ello. “Se están casando, no pasa nada. Es una ceremonia de unión entre dos personas.”

“No deberían estar a esta profundidad del bosque.” Suspiró Bendol preocupado y poco convencido.

“¿Deberíamos acercarnos?” propuse. “¿Despertamos a la señorita guerrera?”

Tras despertar a la chica y decirle a Bendol que le parecía apetitoso, nos acercamos a aquella comitiva siniestra y nos descubrieron. Sus ojos brillaron del color de los rubíes. El féretro que transportaban se abrió, y salió algo hecho de sombras.

“Nos han pillao.” Dijo Siriana.

Finalmente supimos a las malas que era la Santa Compaña y que no era una boda sino algo muy siniestro que a nadie le gusta encontrar. Una procesión de almas que camina envuelta en túnicas con capucha portando farolillos encendidos guiados por el Estadea. El Estadea está vivo y lleva una cruz mientras las almas lo siguen. Esta persona puede ser hombre o mujer y se dice que quien hace esto no lo recuerda al día siguiente. Está condenado a vagar todas las noches hasta que muera o hasta que a algún pobre desgraciado lo pille desprevenido y le entregue la cruz, por lo que le tocará a él liderar a la comitiva. Cuando se encuentra a esta gentuza, se dice que alguien cercano a ti va a morir.

Toda la gentuza desapareció quedando solo tres de ellos que no dudaron en entorpecernos el paseo. El combate fue intenso y bastante largo. Siriana demostró ser extraordinariamente poderosa y los hechizos de clérigo de Bendol, resultaron ser una bendición. Bastante útiles. Mineia y yo no es que hiciéramos mucho, pero cada uno colaboró como mejor pudo. Vamos a ver, están muertos, ¿de verdad esperan que les afecte cualquier cosa que salga de mi boca por muy barda que sea? En fin, tras acabar el combate y con Siriana cubierta de sangre y vísceras enemigas hasta las cejas, registramos los cadáveres. Encontramos algunos objetos interesantes.

“Me alegro de que no fuera una boda.” Concluyó Mineia.

“Yo estoy cansada y tengo hambre.” Se quejó Siri.

Después de tomarnos un merecido descanso, sentimos el frío perforante del amanecer. Tras desayunar, decidimos seguir el rastro de aquella cosa. Subí unos metros volando para ver si podía ver algo más. Pude ver el camino que había tomado el monstruo que no conseguimos matar la noche anterior. Aquella cosa que salió del féretro. Se dirigía al corazón del bosque y allí, hay un portal a nuestro plano de las hadas.

Mineia no decía nada. Parecía estar sumida en sus pensamientos mientras que Siriana y yo, hablábamos sobre portales. Bendol, seguía buscando el rastro. Un rastro de muerte y podredumbre. La elfa, ató algunos cabos. Al parecer hay batallas navales entre potencias porque esta tierra es fértil y rica en oro y diamantes. Pretenden provocar una hambruna para que la gente abandone su hogar y así, poder explotar el paisaje. Así que esa Compaña tuvo que ser invocada por alguien con gran interés en estos recursos. Finalmente, encontramos unas ruinas, unos menhires con escritura rúnica.

“¡Mira Siri, eso es un portal!” señalé con entusiasmo las piedras. La humana se acercó a ellas y dio varias vueltas, investigándolas.

“¿Esto es portal? Lo imaginaba de otra manera. ¿Cómo entras? No imaginaba portales como piedras.”

“¡Oh! Los hay de muchos tipos.” Sonreí alegremente. Me gustaba que alguien se interesase por nuestra forma de ir y venir. “Por aquí vamos y venimos de nuestro mundo.”

“¿Cómo es?”

“Hay mucho bosque, muchos colores, pero para los humanos es muy peligroso.” Explicaba. “Digamos que…algunas leyendas que escuchas sobre los nuestros son…un poquitín ciertas.” Junté el índice y el pulgar de la mano sin que llegaran a tocarse.

Mineia tocó las ruinas y las runas reaccionaron a ella. Hizo el ritual para activarlas, pero no ocurrió nada. Bendol explicó el motivo.

“No funciona porque solo se abre durante el equinoccio de verano. En teoría, no se debería de abrir.”

Siriana intentó seguir el rastro del monstruo por el olor, pero había demasiados y se mezclaban. El olor a madera mojada es especialmente intenso y eclipsa cualquier otro. Mineia buscaba algo que pudiera interesarle al no muerto que se nos escapó, algo que lo motivara a ir hasta allí. El portal no se podía activar. La Santa Compaña apagaba las fuentes de magia. Así que, aunque hubiera estado disponible no habría podido cruzar. Inquieto, Beldon encontró una ardilla y decidió preguntarle. Para sorpresa de nuestro compañero harengon la ardilla respondió con una voz extraordinariamente grave para alguien tan pequeño. Le dijo que se avecinaban malos cambios y que tenían miedo. Después, le señaló el camino de muerte a seguir.

Mineia me preguntó si sabía algo sobre lo que nos encontraríamos al llegar al final y recordé que allí estaba la guarida de Colmillo Blanco. Según las historias que circulan, se trata de un dragón blanco. Pero no lo sé con seguridad. De todas formas, nuestro objetivo era llegar hasta allí así que con dragón o sin él, nos encaminamos hasta la cueva. Cuando llegamos, la elfa echaba las tripas. Hacía tiempo que no se daba esas caminatas. La ciudad y la vida sedentaria atonta a cualquiera. Una vez en la entrada escuchamos un rugido y salió una bocanada de aire helado hasta la salida.

“¿Lo es?” le pregunté a Bendol.

“Por el rugido…sí, es un dragón.”

Otra bocanada salió hasta fuera, pero esta vez con algo congelado. Nos sorprendimos al ver que se trataba del monstruo que se nos escapó. Siriana se acercó para acabar con él, pero Bendol le dijo lo que todas queríamos oír:

“Está muerto.”

“¿Para qué querría un dragón?” preguntó la guerrera.

De la cueva, salió el dragón. Parecía bastante enfadado. Un dragón blanco joven pero imponente. Daba miedo.

“¿¡QUIÉN SOIS!?” preguntó bastante cabreado. No habíamos hecho nada y ya estaba de malas.

Estuvimos hablando con él tratando de razonar casi inútilmente. Pero Siriana tuvo el valor suficiente para empezar a deshacerlo en halagos haciéndolo más accesible. Así que decidí seguirle el rollo. Estos bichos dan mucho miedo, pero son vanidosos a rabiar. Durante un segundo, se nos quedó mirando.

“¿¡HABÉIS TRAIDO UN ELFO!?” rugió totalmente enfurecido. Rápidamente, Mineia utilizó uno de sus hechizos para crear una ilusión sobre sí misma cambiando sus facciones élficas por unas más humanas. Afortunadamente, coló.

“El bosque se muere…y necesitamos tu ayuda.” Empecé. “Eres el único que puede ayudarnos. Sin ti, estamos todos perdidos.”

“Llevamos tiempo buscando monstruo y tú, en un momento, míralo.” Apoyó Siriana.

Tras dorarle la píldora un rato accedió a ayudarnos. Nos pedía un alce a cambio, el más grande de todos. Tan pronto como lo pidió Bendol se fue y al rato, regresó con uno. Este harengon no deja de sorprenderme. El bosque poco a poco empezó a latir y a drenar la magia negativa. Pero seguramente esto no ha terminado. No podemos descansar, ahora que tenemos un dragón blanco con nosotros, tenemos que aprovechar y continuar buscando. Pero al menos, hemos atrasado el desastre lo suficiente como para poder continuar nuestra búsqueda.