La panadera rarita 1/2 (Oneshot)
17-9-2022
LA PANADERA RARITA
Kaidan. Dracónido paladín- Aaron
Neridi. Semielfa clérigo. Yo
Gwendolyne nos dijo que no nos
necesita porque no pudimos proteger a uno de sus criados. Kaidan y yo nos
quedamos mirando el uno al otro y nos encogimos de hombros. Pero, la verdad,
fue una tortura lo que pasó después. ¿Qué por qué pensó eso? Pues porque acabó
nuestro día de servicio y pensó que la habíamos abandonado. Los soldados y
paladines también se cansan, ¿sabéis? Y tan pronto como acabamos ese día, pues
es lo que hicimos.
“Necesitamos ingresos.” Le recordé a
mi compañero. Dejé ir un suspiro de hastío.
“Pero ya.” Me respondió.
La ciudad en la que nos encontramos
está muy jerarquizada. Las clases sociales están tan marcadas que da asco. Es
una política de senadores formada por dos facciones. Los de plata, que son
grandes comerciantes, líderes de gremio, banqueros, hidalgos, pequeña nobleza…y
la de oro, que se trata únicamente de la alta nobleza.
Pasamos cerca de la muralla donde
había un gueto de semielfos con su propia muralla. Allí, muchos trabajan para
los senadores y los ricos. Algunos son profesores y los nobles los solicitan
mucho para sus hijos. También hay contables y muchos con oficios que requieren
de usar bien la cabeza. Es un barrio muy pulcro y limpio donde prácticamente no
hay ruido.
Ya muy lejos del barrio semielfo, nos
encontramos con el albergue La bota del peregrino. Donde se hospeda gente de
bajos recursos que se pueden permitir una cama: mendigos, pequeños comerciantes…
Y, por último, pasamos por la capilla
del dios de los caminantes, Farlain. Allí, acogen a la gente y ofrecen rezos.
No es un dios hostil.
¿Dónde acabamos? Pues bien, no podía
negarme a Kaidan porque viajamos juntos así que acabamos en el barrio más bajo
y horrible de la ciudad. No me hace mucha gracia, pero al menos el edificio en
el que vivimos está BASTANTE estable, y el precio, es alcanzable. El nivel de
vida no es lo que más me gusta, sinceramente. Pero los paladines tienen ese
afán de buscar gente necesitada y ayudarla. Yo, por cierto, soy clériga. No os
confundáis. Maldito dracónido, en qué agujeros nos mete. Ese sitio es el mejor
que hemos encontrado. Una primera planta. Cuanto menos dinero tiene la persona
que vive en un edificio más alto vive. Kaidan y yo, somos los más ricos del edificio
y eso, que no es que estemos ahora mismo sobradísimos.
Ya puestos a vivir una temporada allí
decidimos socializar con la vecindad para ponernos al día de cualquier cosa que
pueda estar pasando por allí. También es divertido porque te enteras de los
chismes de unos y otros. Aquella noche, buscábamos un sitio para cenar y
estuvimos escogiendo entre varios, a saber: el Kibap, cuyo dueño habla tan
rápido que no te coscas de nada. La pepita de oro, un restaurant de esos
que te sacan los ojos por una presentación bonita en un plato decorado. Y a
Kaidan, le hizo gracia El Pescadito Feliz. Un local con poca luz, con olor a
alcohol, tabaco y humanidad, y las mesas tan brillantes de grasa que dan
náuseas. Apesta a pescado por estar en el puerto y hay mucho borracho.
“Kaidan, ¿dónde me has traído?”
“Me han dicho que era bueno…”
Venimos de Fir. Allí hay un condimento
que es muy popular y aquí, en Barkanonax, es también muy común. El garum. Lo
más asqueroso que hay y, además, sirviéndotelo a cucharadas como si fuera eso…yo
que sé. Ni las raciones de guerra dan tanto asquirri y están aceptables. Bueno,
el local lo regenta el semiorco llamado Kawai el de Suneo. Me explico. El
hombre se llama Kawai, y su padre, Suneo. Y habla con un marcadísimo acento sureño.
“Hombre mushashos, qué bueno que oh
veoh, soyh er soh que iluminah er locá” Se dirigió a Kaidan. “¿Qué queréih
hoy?”
“Una cerveza y algo para picar.”
Pidió.
“Acabo de hacé un pushero, ¿quiereh
una tapita?”
Un puchero que gracias a Yelmo no
comimos. Me quedé mirando a mi compañero esperando a que no le pasara factura.
Estaba mohoso y desprendía un olor rarísimo. Afortunadamente, Kaidan entendió
por qué estaba mirándole y prefirió no hacerlo. Mientras intentábamos comer
algo, vino un niño con dos barras de pan y Kawai se cabreó mucho con él porque
quería cinco.
“Ehta gente tiene hambre. ¿¡Creeh que
con dos barrah vamoh a hacé argo!?”
“Es que Eufrasia, la panadera, está
muy rara últimamente…”
En ese momento recordé algunos rumores
sobre ella. Hacía unas semanas que estaba más rara de lo habitual. Es una mujer
afable, sin maldad y muy de campo. Pero ahora, hace preguntas incómodas y de
marujeo que me ponen de los nervios cuando me las formula. Y las hace de manera
incisiva. Por otro lado, también escuché que desaparecían trabajadores y algunos
de ellos conocidos de Kaidan de haberlos visto en el puerto.
“¿No te parece raro?” me susurró el
paladín.
“Sí…y no me gusta que Eufrasia me
haga según qué preguntas.”
“Vamos a hacerle una visita.” Me
propuso mientras se llevaba la cerveza a los labios para darle un trago. “Pero
lo haremos mañana.” Se quitó algo de la boca.
“K-Kaidan…eso…eso de la cerveza…”
“Sí…sí. Un puto pelo.”
A la mañana siguiente vimos a la
señora que parecía estar como siempre. Metió caramelitos en las bolsas del pan
de los clientes y empezó a hablar con Kaidan cuando nos tocó.
“¡Ah! ¿esta es la chica que vive
contigo? ¿tu amiga?” preguntó “qué guapa que es.”
Le hablaba de mí. Me morí de
vergüenza, menos mal que no se fijaron, pero estaba roja como un tomate.
Intentaba sonsacarnos información. Pero Kaidan consiguió darle la vuelta a la
conversación y le preguntó por ella.
“¿No estabas casada?”
La mujer, empezó a montar un drama.
Se emocionó y empezó a llorar.
“Mi querido Juan Francisco.”
Cuando nos marchamos hizo un gesto
con las manos mientras me miraba. Salieron unas luces de sus manos.
“Os doy mi BENDICIÓN. ¡Os espero!”
“Bueno, ¿vamos, amiga?” me
preguntó dejando caer su mano en mi hombro. Creí que me moría, me puse bastante
nerviosa.
Luego, cuando ya nos íbamos Kaidan se
detuvo de golpe mirando a todas partes con disimulo. Por lo que me dijo
después, olió a azufre muy fuerte, un olor molesto y nauseabundo que yo no
percibó.
“¿Qué pasa?” le susurré.
“Creo que nuestra amiga panadera, o
está poseída o no es nuestra amiga. Hay un infernal ahí dentro.” Me respondió
en el mismo tono de secretismo. “Montaremos guardia una semana a ver qué pasa.”
“Y si es un infernal, o no… ¡le damos!”
dije una vez fuera chocando mi mano con mi puño. Kaidan se me quedó mirando.
“¿En serio? ¿qué pasa? ¿dónde está
Neridi, mi compañera?” Preguntó riéndose.
“¡Solo quiero que deje de
interrogarme!” protesté. “Me incomoda y me pregunta cosas que me dan mucha
vergüenza.”
“Oh, oh, ¿Cómo qué?”
“N-no, nada. Busquemos.” La vergüenza
iba creciendo cada vez más y más.
“¡No, no! Dilo, no me dejes ahora con
la intriga.”
“E-esto… ¡la curiosidad mató al
dracónido! ¿no lo sabías?”
“He oído muchos dichos en el puerto,
y creo que ese no es así.”
Finalmente, no consiguió sonsacarme
nada. No sé en realidad si por suerte o por desgracia para mí. Volviendo a
nuestro objetivo, nos fijamos en que desaparecen clientes por la noche o a primera
hora, nunca a horas distintas del día, nunca a mediodía. Seguíamos montando
guardia y hacíamos la compra allí, ella seguía haciéndonos preguntas raras e
incómodas. Estoy harta de ella.
“Si la matamos… ¿dejará de
preguntarme?”
“A ver, ¿vas a matarla sin saberlo
antes?” me preguntó riendo de nuevo.
Nos esperamos a que Eufrasia
recogiera. Nos vio y siguió recogiendo con bastante normalidad, aunque ya
parecía estar crispándose un poco. Cuando cerró la trastienda el corazón me dio
un vuelco, vi que guardaba algo más o menos igual que ella.
“Siento tener que daros las barras
más duras. Pero habéis venido un poco tarde.” Se disculpó. “Sois clientes muy
asiduos y eso, me hace feliz.”
“Kaidan, ¿puedo darle con la barra?”
le pedí. Se hizo un silencio.
“…No hemos venido a comprar. Queremos
preguntar algo.” Me ignoró. “¿Sabes algo de las desapariciones?”
“¿Desapariciones?” preguntó. Se quejó
de la guardia como todo el mundo. Veréis, la guardia en Barkanonax es bastante
deficiente por lo que es normal que los habitantes se quejen con más frecuencia
de la que debería ser. Es más, si fueran buenos guardias, no deberían ni
haberlas.
“¿Has comido ya?” preguntó Kaidan
arqueando lo que vendría a ser una ceja si fuera semielfo. Pero en lugar de
eso, tiene escamas de color verde, muy chulas y…b-bueno. Sigamos con la
historia…
“Ah, sutil.” Susurré a mi compañero.
“Quiero cerrar, ahora que dices tengo…HAMBRE.”
Nos miró de una forma muy rara.
“Queremos seguir hablando contigo… ¿te
parece que lo hagamos mientras tomamos un té?”
“Oh, claro. Venid, venid.”
