LA ISLA DE TESERA (Parte 2)

5-6-2022

Pasamos el viaje comiendo pulpo. Estoy hasta las narices de esa cosa. Aunque está bueno.

Llegamos a Tesera, a la zona oriental de la isla con un ambiente distendido. Recibieron al capitán de manera regular señal de que algo no iba bien o al menos, no como debería. Empezaron a pedir que descargaran.

“Mientras os rompéis el lomo descargando, voy a buscar al bibliotecario. ¡Chaíto!” Me despedí.

“¡VOY CONTIGO!” exclamó Mako.

Mientras buscábamos al hombre intentábamos saber qué era lo que tenía esa caja.

“¿Libros?” preguntó el kobold. “Papel. Quizá son facturas.” Llamamos y una voz respondió casi enseguida.

“¿Quién va?” Era una voz áspera. De alguien mayor.

“¡Traemos algo para el bibliotecario!” respondí.

“Anda. Otro bicho de esos.” Se quedó mirando a Mako. Era un enano. “¿Conoces a uno rojo con una lanza más grande que él?”

“¿Qué? ¿por ser un kobold ya tengo que conocerlos a todos?”

El hombre se entusiasmó hablando y avasallando al kobold con preguntas.

“¡Me da amsiedad!” Se quejó finalmente mi compañero.

El bibliotecario pidió disculpas por el comportamiento del enano y entregamos el paquete. Resultó ser, obviamente, un libro. Nos dio el dinero para el capitán Diente Zafiro, nuestro capitán tiburón.

Aquel hombre nos habló de los capitanes mientras sostenía el libro entre las manos. Tenían intención de atacarse y las islas parecían un lugar de… ¿no agresión? Pero advirtió de que anduviéramos con cuidado. Había muchos piratas.

“Bueno. Ya que estáis aquí, ¿qué queréis saber?”

“Yo, busco a una mujer hermosa. El tesoro no me interesa…no mucho, al menos.” El elfo bibliotecario me mostró un espejo cuando dije que buscaba a la mujer hermosa, y me sonrojé un montón.

“¿Qué puedes contarnos del tiburón?” quiso saber acertadamente Mako.

“Lo buscan en tres reinos, sus hombres son intrépidos, lobos de mar.”

“¿Es fiel a su palabra?” continuó el kobold.

“Mira por sí mismo. Por su tripulación.”

“¿Y… ¿qué es ese libro?” continuó.

“Nada que un plebeyo pueda entender.”

“Entonces es algo para nobles.” Sonrió Darmani.

“El gato murió por la curiosidad.” Dijo el elfo.

“Pero la satisfacción lo revivió.” Rebatió nuestro compañero. “¡Esa no te la sabías, eh! ¡truhan!”

“¿Y el dragón?” Mako iba por faena. Directo al grano.

“Hay un escrito,” mostró un papiro de la librería, “de una civilización de hace 2000 años que dice que las pinturas del dragón son de hace unos 5 o 10 mil.”

“¿Puede haber una tribu oculta?” quiso saber Darmani.

“Un humano no puede vivir bajo tierra.” Dije.

“Busquemos a vuestra compañera secuestra kobolds y pongámonos en marcha.”

Mientras tanto, en la taberna…

“Quiero conocerte mejor.” Le dijo el orco pirata a Encarni.

“Ummm ¿qué quieres saber?”

“¿Por qué un kobold y una tiefling?”

“El kobold necesitaba protección, es tan pequeño…y la tiefling, resultó que íbamos al mismo sitio. Nos beneficiamos.”

“Me gusta tu actitud. Podrías ser la segunda al mando. Luchaste bien. La Concha Escarlata puede ayudar a convertir a tu kobold en alguien grande.”

Encarni no parecía disgustada con esa idea e hizo un pacto de sangre con aquel hombre. Vamos, que acababa de cagarla. Después mientras bebían Encarni se dio cuenta de que estaba ligando con ella. Se mostraba elocuente y dentro de sus estándares le hacía gracia. Finalmente, acabaron intimando. Para olvidar eso, Darmani nos invitó a unas cervezas.

“¡AAAAAH!” exclamó Mako.

“¿Esa es vuestra compañera?” preguntó el paladín.

“Sí…” respondí.

Para pasar el rato decidí utilizar mis encantos naturales para sacar información. Las tabernas siempre son buenos sitios para que la gente tire de la lengua y los humanos, son muy sencillos. Uno de ellos en especial, se mostró más comunicativo conmigo. Empezaron a hablar de rumores sobre sacerdotes que iban a las cuevas. Uno les pareció que llevaba un ojo y una mano como colgante. Creí que era Yelmo, pero resultó ser Vecna. El dios liche.

“Cagamos.” Dijo el enano. “¿Alguien tiene secretos? A ese tío le encantan y siempre los consigue.”

Encarni carraspeó.

“Es un bicho mu malo…”

“No se mata con piedra ni palo, nanana…” seguí el juego a Mako. No pude evitarlo.

“¿La conoces?” preguntó el kobold.

“¡Sí!”

De repente, empecé a sentirme rara. Todo me daba vueltas y volví a ver la misma niebla que hace unos días en mi habitación. Se me pusieron los ojos en blanco y sentí que entraba en trance. Dejé de escuchar los alrededores. Las voces de la gente se habían disipado.

“Ah, Vecna. Las veces que he discutido con él por corromper a la gente. Este dominio no le pertenece.”

“¿Cómo acabó así?” pregunté.

“Nací siendo Asmodeo. YO tengo derecho a corromper, pero él fue un humano. Ayudo a la Reina Cuervo contra Vecna, la elfa me cae mal, pero Vecna, aún peor.”

Tras hablar con mi “padre” me otorgó lo que parecía un nuevo conjuro. Las manos empezaron a arderme y, de repente, volví a escuchar las voces de la gente.

“¡Mira!” exclamé enseñándoles las manos a mis compañeros. Me ardían.

“¿Qué te ha pasado?” preguntó Mako.

“He hablado con Asmodeo, mi padre.”

“Claro, cuéntame más.” Respondió aquella criatura insolente, incrédula.

“Luchó junto a la Reina Cuervo contra Vecna. Al parecer, ese tío en un principio fue humano y ahora, corrompe a la gente.”

No parecían creerme mucho así que no vi necesario continuar explicando nada. Hablaron de los sectarios. Darmani, nuestro nuevo compañero, preguntó si ganábamos algo por echarlos. Respondieron que sí. Así que allá fuimos. Echar sectarios y combatirlos es muy difícil porque suele haber muchos.

“Hay termitas tochas, pero cucarachas, no.” Explicó el enano. Información obtenida.

Salimos de allí y salimos de la ciudad. Tras un rato largo caminando llegamos a un campamento en el que Encarni pudo ver que había cierto movimiento y gente con capuchas.

“Medea, cielo, ¿no tienes algo para calcinar a esa gente y asunto arreglado?” me preguntó la mujer.

“Por supuesto, yo…”

“Me acercaré a ver qué hay.” Interrumpió Mako. Vimos cómo se acercaba sigilosamente. Pero alguien levantó la mano.

“He oído algo.” Dijo alguien que daba órdenes. El enano ayudó a Mako a distraer la atención del enemigo. Rodó y se escondió.

“Mierda, no le veo.”

Escuchaba hablar sobre prisioneros. Buenos esclavos para unas hormigas.

“Recordad a las hormigas que además del tesoro, queremos los secretos de su reina.”

Mako regresó.

“¿Qué has visto?” preguntó el paladín.

“Tienen esclavos para ofrecer a las hormigas y quieren saber los secretos de su reina.”

“Podemos dejar que se los lleven.” Propuso Encarni.

“Se los comerán.” Al enano le pareció mala idea.

Empezaron a discutir y finalmente nos descubrieron. No tuvimos más remedio que abrirnos paso a tortas, como ya es costumbre. Se acabó cualquier idea de subterfugio. Tuve mala suerte y caí en combate, pensé que iba a morir. Sentía que la vida se me escapaba de las manos. Porque ser hechicero tiene sus cosas buenas y malas. La mala es que, a cambio de un gran poder, no aguantas una mierda. La buena, es que puedes destruir todo.

“Gracias.” Le dije.

“De nada, eh…”

“¡Medea!” me presenté.

Tras un rato combatiendo logré matar al cabrón que intentó asesinarme a mí.